EHB – así de fácil (segunda parte)

mujer chasqueando los dedos; así de fácil - GeorgioGalben.com
mujer chasqueando los dedos.Reveló el lado oculto del "chasqueo" de dedos; tn.com.ar

Esta es la segunda parte del EHB: Encontrarte sin Haberte Buscado; esta escrito de forma que lo puedes leer perfectamente sin haber leído la primera parte.

— Uuff que frío hace. Añadí mirando a Sara pero sin ninguna intención rara. Miré la hora: marcaba la 1:58 de la madrugada.

— ¿Qué harán estos? Me preguntó Sara sabiendo perfectamente lo que estaban haciendo.

La he mirado y sonreído. Poco rato después le volví a repetir:

— Tengo frío, ¿hay algo por ahí para calentarnos?

— Vodka sin empezar, coca-cola, cervezas… ¿quieres vodka? me preguntó casi afirmándolo.

— Buaah’ venga dale’, échale duro a esa botella.

— Fumas? me pregunta ella.

— Si le doy dos caladas me pongo en modo avión. Le contesté ya con media-voz.

— Vale pues nada, ¿y ahora que? Me preguntó ella como si esperará “algo más”.

— Pues no lo se. Le contesté haciéndome el tonto.

— ¡Vamos a calentarnos un poco! me lo dijo como una especie de pregunta / afirmación.

Nos quedamos en aquel parque con una vigilancia perfecta de aquellos árboles enormes. Nos acabamos el cigarro y nos pusimos en un rincón donde en aquel momento era prácticamente imposible que se nos vea.

Tras habernos “calentado” y dejarnos llevar por el ambiente tranquilo, el frío, la oscuridad, la situación… se escuchan Carlos y Rebeca:

— ¿Nos vamos?

Salimos debajo del columpio y contestamos:

— ¿A dónde? Aunque la pregunta era óbvia.

— A casa, dijo Carlos y Rebeca repitiendo lo mismo:

— Sí claro, vamos a casa.

Me quedé un poco despistado ya que no me quedó claro porque ella dijo lo mismo.

Se me acercó Carlos y me susuró:

— ¿Qué tal? Preguntándome por “aquellas” razones. Le contesté ya casi mareado (por no decir borracho):

— Bien, bien.

— Vayámonos a casa. Me lo volvió a repetir añadiendo de que Rebeca también vendrá.

Me quedé un poco sin decir nada e intentaba pensar. No podía hacerlo. Aquello era una mezcla de alcohol, euforia, cansancio… un flipe en su auge. Con los ojos pequeños y tambaleándome de lado a lado intentaba apuntarle con la mirada. Poco rato después le contesté:

— Pufff, vaale. Vayamonos pa’ casa pues. Casi al instante de haber contestado me pregunta Sara:

— ¿Podrás llegar? me preguntó bastante preocupada.

— Pues clarooo. Todo controlau’; le contesté con una seguridad y confianza en mi, ¡máxima!

Nos quedamos allí en el parque los cuatro, hasta las tres y media pasadas. El frío me espabiló un poco y al final tomamos camino. Atravesamos ese minúsculo pueblo, pasemos por esas curvas interminables hasta que por fin llegamos a la carretera. Sin prisa alguna y unos ochenta minutos más tarde, habíamos llegado a casa de Carlos sanos y salvos.

Antes de las seis de la mañana, Carlos y Sara estaban en la habitación de el y yo en mi casa.

Al día siguiente fui a verlos y allí estaban los dos: uno al lado de otro como una parejita feliz.

Pasaron tres días y Rebeca aún seguía en su casa y por lo que noté, tampoco tenía intenciones de volver. Finalmente, Carlos y yo nos decidimos preguntar el porque de esa decisión y entonces ella contestó tan simple como:

— ¡No quiero volver!

De los tres que habíamos en ese momento en la habitación, creo que el más consciente de la situación era yo. Supongo que era por la edad; ya que era el más mayor o porque el otro se sentía cómodo o simplemente no era consciente de la situación tan delicada en la que se había metido.

— Creo que deberías volver. Le volví a insistir con la voz calma e intentando convencerla de que eso no estaba bien.

Mientras el otro se dejaba llevar por la situación, yo estaba intentando a ver como la puedo convencer para que de una señal y que sus padres no se preocuparan. Y fue entonces cuando intentaba hablar con ella de lo que fuera, hacerme su amigo.

Habían pasado seis días ya y Rebeca seguía en casa de mi amigo. Esa misma tarde subí a verlos. Mientras el se hacía sus petas, yo me hacía mis birras. Estuvimos un rato en la habitación jugando a la xbox mientras hablabamos de cosas de todo tipo. Se hizo de noche y con ello la hora de cenar. Se fueron a cenar y yo me quedé en la habitación jugando al ordenador y visitando páginas web y foros de todo tipo. Una hora más tarde volvieron del comedor en la habitación, se quedaron un poco y luego se fueron a la otra habitación como de costumbre. Aquella noche me quedé allí, mirando mis cosas favoritas en internet; con mi cigarro al lado y un café con leche estaba relajado y disfrutando de mi ocio.

De espaldas a la puerta y mirando mis cosas, escucho como se abre. Aquel ruido casi inexistente de día, a las tantas de la madrugada se estaba multiplicando por diez. Ni siquiera me había inmutado. Seguía con lo mío, mientras que de repente tras haber abierto la puerta, escucho le ruido de una silla y acto seguido, la habían puesto a mi lado. Estando allí como una estatua y con la mirada de caballo: siempre al frente del ordenador, observo, noto y siento la presencia de Rebeca a mi lado.

— ¿Que haces? La había preguntado por preguntar.

— Nada. Me contestó ella con una mirada algo expresiva.

— ¿Y Carlos que hace? ¿No viene? Le pregunté un poco sorprendido.

— No, que va, esta frito. Me contestó ella como si se alegrará de que el no estaba allí.

Mientras le enseñaba lo que hacía al ordenador en ese momento, me observaba con mucha atención sin perder de vista ni un solo detalle. Poco rato después, me di cuenta que no se enteraba de nada de lo que le estaba comentando pero se sentía cómoda, ahí, ¡a mi lado! Tras un rato estando así en esa situación que me generaba cada vez más preguntas, giro la cabeza, me la quedo mirando un poco y le pregunto:

— ¿Me haces un favor?

Tras haberla mirado a los ojos fijamente, ella me contesta como si la hubiera echo un echizo:

— Sí, ¡dime!

— Quiero llevarte a tu casa mañana, debes de ir. Tus padres deben de saber a donde estas y sobretodo que estas a salvo y no te ha pasado nada. Estarán muy muy preocupados por ti, por no mencionar dos cosas: seguro que habrán llamado la policía y segundo y el más importante …. ¡eres menor de edad!

— Vale. Me contestó mitad decepcionada, mitad convencida.

Al día siguiente después de comer, nos pusimos hacer camino los tres de vuelta a su casa. Habíamos llegado por fin, nos quedamos un poco abajo en su portal, nos fumamos un cigarro. Justo antes de irse le dio un beso a Carlos mientras me miraba a mi. Sin darle importancia a ese detalle, nos dimos la vuelta; nos subimos al coche y de vuelta para bajo al pueblo.

Carlos y yo solos habíamos llegado a su casa. Me sentía liberado, tranquilo y sentía que había echo lo correcto.

En aquella tarde de primavera y justo antes de que anochezca, me despido de Carlos:

— Me voy para casa ya tío. Mañana quedamos.

— Vale. Me contestó el. Y creo que me escuchaba de fondo; porque su mirada era un tanto perdida. Su pensamiento era hacía Rebeca.

De camino hacía a casa y justo antes de llegar me suena el móvil. Me aparte de forma prudente de la carretera hasta que encontré un sitio bastante seguro para mi y el tráfico:

— ¿Si, quien es? Contestando al teléfono.

— Soy yo, Rebeca. Ven a buscarme, ¡pero ven tu solo!

Por Georgio Galben

Pasiones, vivencias, relaciones de pareja … “Ficción-ando” mi realidad con relatos, microrrelatos y algún poema. Cuando escribo, “cierro los ojos;” vivo el presente y veo mi futuro sin ser un vidente.—Georgian Iordache

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