EHB — algo inesperado (primera parte)

Las aventuras de dos adolescentes que se encuentran si haberse buscado; el encuentro fue algo inesperado

— ¿Con «diez de sopa» tienes bastante? me preguntó mi amigo con cara de ilusión.

— Si, claro. Le contesté firmemente pero sin tener ni idea en verdad.

Nos subimos al ‘buga‘ y cogimos camino. Un coche blanco, fabricación mediados de los ’90 con un motor pequeño pero vivo. Le observaba desde mi izquierda sujetando el volante tranquilo como si fuera un veterano en la conducción, el mostraba una alegría y una ilusión a través de su media sonrisa. Con el ‘medio peta’ en la mano me comentaba cosas que realmente no me interesaban pero lo escuchaba con atención. A medida que nos acercábamos al lugar se ponía cada vez más nervioso.

— ¿Y si nos da planton? Añadí, pensando en esa posibilidad casi tan seguro.

— ¡Que va illo! Respondió para «convencerme» de mi pregunta tirada al aire. Y sin argumentar nada sólido, añadió:

— Damos una vuelta, vemos peña, lugares nos lo pasamos de puta madre … y si no acude … ¡que la den!

Esa respuesta confirmaban mis inseguridades y aunque no era asunto mío ni tampoco mi preocupación al respecto, dentro de mí y por alguna razón inexplicable, yo también quería que todo saliera tal y como lo habíamos planeado. Era la primera vez que saldríamos hacer camino en búsqueda de alguien a través de internet.

Según las indicaciones de las señales de tráfico, estábamos a escasos diez kilómetros de nuestro «destino»; habíamos entrado en un tramo de montaña lleno de curvas peligrosas. Estas curvas eran divertidas como peligrosas pero nos atrasaban para llegar a nuestra meta con la misma fluidez. Eso generaba cierta inquietud en mi amigo y debo de reconocer que en mi, también.

el recibimiento

«Dentro de tres cigarros» ya habíamos abandonado la carretera de curvas y un camino perfectamente recto nos indicaba allá a lo lejos donde apenas pueda alcanzar la vista, el cartel de bienvenida al pueblo esperado. Pedal a fondo y sesenta segundos después, teníamos el cartel encima. Aquella glorieta era la «frontera» entre dos mundos que hizo que reduzcamos la velocidad de forma considerada.

Aquel micro pueblo consistía en tan solo dos calles divididas por la carretera principal como si de un boulevard se tratará pero en pequeño: aceras en ambos lados, arboles gigantes y farolas bien distribuidas. A tan solo viente o treinta metros de esta calle unos bancos distribuidos de dos en dos y en un momento dado formaban una especie de plaza y una fuente que a mi entender eso sería el centro del pueblo. En uno de esos bancos estaban ellas: la chica esperada y su amiga. Nada más llegar y sin quitarnos de vista, nos bajamos del coche, nos acercamos y no ponemos delante de ellas. Riéndose y sin querer (queriendo) se levantan del banco y preguntan casi a la vez:

— ¿Quien es Carlos? Preguntó nuestra chica.

Levantando la mano como si fuera en el insti’ contesta:

— ¡Soy yo! Contestó mi amigo con una mirada mezclada entre nervios y emoción. El efecto del peta ya se fue hacía rato, con lo que necesitaba otro con carácter de urgencia.

Por un instante nos quedamos mirándonos (los cuatro) los unos a los otros. Su amiga era rubia con ojos verdes ligeramente rellenita y una sonrisa contagiosa y constante. Nuestra protagonista tenía el pelo castaño largo y liso. Parecía una princesa de cuento: una cara hermosa que presentaba un par de pecas tiradas al azar conjuntando perfectamente con esos ojazos grandes verdes azulados y esos labios rojos y carnosos.

Su amiga, le da un codazo medio disimulado, me mira fijamente a la cara y me pregunta:

— ¿Y tú, como te llamas? Me preguntó sin parar de sonreír y dar mini codazos a su amiga.

— Me llamó Juan. Le contesté tranquilo pero con unas mariposas en el estomago sin saber el motivo de su aparición.

Al instante soltó y contesto:

— (Pensaba que tu eras Carlos) … Me llamo Sara y mi amiga se llama Rebeca.

Nos acercamos y les damos dos besos a cada una. Se pusieron rojas como un tomate. Para romper el hielo, Carlos se saca sus armas y pregunta:

— Illas, ¿fumáis? Preguntó con cara de superioridad mientras en una mano sujetaba el grinder y en la otra la bolsita con el género.

— A veces, contestó Rebeca.

— Tengo cervezas en el coche y una botella de refresco. ¿Cual queréis? Pregunté con media voz.

— Nos subimos al coche y nos largamos de aquí, (añadió Rebeca), vamos a un lugar tranquilo.

Nos subimos al coche. Con Sara a mi derecha y ellos detrás cogimos camino al final del pueblo. Los bajos potentes del sistema audio del coche habían movido el espejo interior. Atento al camino en todo momento pero con la mente en otra parte, cojo el espejo y lo coloco para que pueda ver la parte de atrás de la carretera. Cuando lo tenía casi perfecto lo apunté hacía ellos. Mi amigo Carlos estaba besuqueando a Rebeca por allí y por allá mientras ella miraba hacia al frente. Pude ver su mirada penetrante a través de ese espejo. En ese mismo instante esos ojos me levitaron. Me miró sin decirme nada y me envío una sonrisa que me dejaba despistado.

la despedida

Habíamos llegado a un parque vigilado por árboles donde no se podría ver nada desde las casas de alrededor. Estuvimos un rato los cuatro juntos contando cosas, fumando y bebiendo. Rato después nos habíamos dividido en dos: Rebeca y Carlos, Sara y yo. Sara no paraba de mirarme y parecía que me lo pedía a gritos: de que de el paso. Sin embargo no veía nada en ella, más que una amiga muy agradable, simpatica y divertida. Al otro lado del parque y medio escondidos pero al alcance de nuestra vista, Rebeca y Carlos lo tenían claro: parecían dos enamorados a punto de comprometerse. El compromiso no iba a llegar, al menos no en ese momento, pero sí que notaba que estaba a punto de llegar una fuerte entrega entre ellos.

— ¡Se’ Juanillo! afirma Carlos.

— Te alquilo el coche esta noche, me lo dejó caer con cara y sonrisa de bandido.

— Vale, ningún problema. Añadí contento por verle a él contento.

Mientras se acercaban hacía nosotros, la mirada de Rebeca hacía mi era cada vez con más descaro. Le di las llaves a Carlos y subrayé:

— Las llaves son para que abráis y cerréis el coche y no para que os larguéis. Les miré a los dos y mi subconsciente salió a la superficie sin mi consentimiento; con un suspiro y tragando en seco les tendí la mano y les entregué las llaves.

Al ver mi reacción, Rebeca se quedó petrificada y estaba a punto de cambiar de opinión.

Una tensión en el aire que se disminuía con cada paso que Rebeca se alejaba de mi. Antes de abandonar el parque y cruzar la esquina, se dio la vuelta y me miró…

Fin

Es mi primer intento en escribir algo así y espero que te haya gustado. Cualquier comentario me ayudará en mis futuras publicaciones similares.

¿Que pasará con Juan y Rebeca? Ya se verá más adelante. Gracias de corazón por leerme.

Georgian Iordache (GeorgioGalben)

Por Georgio Galben

Pasiones, vivencias, relaciones de pareja … “Ficción-ando” mi realidad con relatos, microrrelatos y algún poema. Cuando escribo, “cierro los ojos;” vivo el presente y veo mi futuro sin ser un vidente. —Georgian Iordache

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